Reflexiones de fin de año

Por Armando Arboleda

El año que se despide dejó grandes enseñanzas a la humanidad. La época moderna no había vivido un paro repentino en las formas de vivir. Los científicos habían dado algunas alertas sobre la posibilidad de que viviéramos una pandemia, pero estábamos seguros de que solo eran argumentos derivados de películas donde la vida está en riesgo y aparece un héroe solitario (norteamericano) y salva la Tierra.
Esta vez, ese paladín de la justicia no apareció. Nos estamos enfrentando a una lucha solitaria para protegernos de un enemigo que no se ve y es letal: el coronavirus.
Para el DANE, “la primera defunción en Colombia por Covid-19 sospechoso se registró el 15 de febrero, mientras que la primera persona confirmada por esta enfermedad fue el 26 de febrero”.
No es un problema de registros oficiales, lo que se observa aquí es la rapidez como se propaga este flagelo que no distingue etnias, clase social, ni contexto. Es importante también revisar cómo desde la fecha oficial de reporte de la enfermedad en el país, las estadísticas muestran que, a fecha de diciembre 4, han fallecido 37.305 personas, es decir más de tres mil personas mueren al mes debido al covid.
Y no es que las otras enfermedades, patologías, accidentes, homicidios, hayan desaparecido. La realidad muestra un panorama desolador, es como si estuviéramos en un bombardeo y no nos hubiéramos dado cuenta.
Pero este 2020 no para de sorprendernos. Es así como tenemos inundaciones en el Chocó, incendios, y los que se alcanzan a salvar, se convierten en víctimas de los grupos armados y de los noticieros que van al territorio a sembrar apologías sobre lo que el Estado promete y cuando pasa la noticia, no cumple.
En ese sentido, cuando creíamos que habíamos visto todo y que nos alistábamos para entrar en la etapa final del año, pensando en la natilla más triste, en la Navidad en medio de la pandemia, con alumbrados navideños deslumbrantes en medio de una población sumida en la pobreza, aparece el huracán Iota que arrasó Providencia.
¿Entonces qué nos queda por celebrar? La vida sobre la muerte, disfrutar de nuestros familiares y amigos. Saber que vamos a seguir en esta película que ni el más laureado de los directores de Hollywood pudo imaginar. Acatar las recomendaciones, actuar como si estuviéramos contagiados; de esa manera protegemos a los demás. No olvidemos prender las velas. Quizá esa luz espante el egoísmo y la falta de solidaridad que nos está caracterizando.

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