Daniel Valois Arce, uno de los abogados penalistas y oradores más brillantes en el siglo XX

Por José E. Mosquera

Daniel Valois Arce fue uno de los abogados pena-listas y oradores más fecundos y brillantes en el siglo XX en el país. De hecho, así se evidenció en la defensa jurí-dica que hizo al General Gustavo Rojas Pinilla, en el juicio político que le adelantó el Senado en 1959. Además se destacó como parlamen-tario, escritor, ensayista y diplomático.

Nació en Tadó, Chocó, en 1910, y murió en Medellín en 1989. Hijo de Daniel Valois Castillo y Arcenia Arce. Bachiller del colegio San José de Medellín y abogado de la Universidad Nacional de Bogotá. Su tesis de grado se basó sobre el espiritualismo y el fascismo, la cual causó bastante revuelo por su defensa de la plataforma ideológica del partido fascista del dictador italiano Benito Mussolini.

Daniel Valois Arce y Osias Lozano Quintana fueron los primeros negros chocoanos en llegar al Congreso de la República, ambos en nombre del partido Conservador. Escolló en la política en medio de la crisis de la gran división del conservatismo y el ascenso al poder del partido Liberal en 1930. Su escenario fue en un congreso de juventudes conservadoras, evento que estuvo marcado por una división frente a las doctrinas políticas que deberían seguir las juventudes del partido.

Por un lado, estuvieron las juventudes tradicionalistas, liderada por Rafael Azula Barrera y Manuel Mosquera Garcés, entre otros, que buscaban que el ideario de las juventudes se continuará sustentando en las doctrinas clericales que habían dominado la cohesión partidista durante la hegemonía conservadora de 1886 a 1930. De otro lado estaban Gilberto Álzate Avendaño, Carlos Vesga Duarte y Daniel Valois Arce, quienes planteaban la adopción de las doctrinas del fascismo en la política colombiana. Finalmente fueron derrotados por los tradicionalistas con la expedición de una declaración de principios sustentada en la tesis del catolicismo doctrinario que había marcado el derrotero político conservador. Sin embargo, esa derrota le sirvió al naciente líder político chocoano para afianzar en Antioquia la ideología fascista en la campaña electoral de los azules en tierras paisas.

Sus tesis fueron recibidas con elogios en las páginas del El Colombiano, donde exaltaron sus principios conservadores y colocando a disposición del joven las páginas del diario más importante de Antioquia con una nota en donde se dijo: “las páginas de este diario esperan verse favorecidas con su estilo y sus ideas”. Fue así como Valois Arce comenzó a destacarse dentro del partido Conservador por su elocuencia como académico y exponente del fascista. Fue ese ideario que lo puso en el mismo sendero ideológico de Gilberto Álzate Avendaño, otro de los grandes líderes del partido Conservador, exponentes del fascismo en Colombia.

De allí surgió una gran afinidad política entre los dos. Ahora Valois Arce, más allá de su ideología fascista y de ser admirador de los dictadores Benito Mussolini y Francisco Franco, fue un estadista brillante, un intelectual dotado de una vasta cultura política y literaria, un humanista erudito en el campo de la filosofía y el derecho. Un académico con un gran olfato de investigador, escritor prolífico y un contradictor agudo y satírico. Por supuesto, un gran ideólogo del partido Conservador y por eso ocupó la dirección del periódico La Unidad, una de las tribunas políticas de los godos. Luego fue columnista de El Tiempo por sus afinidades con Eduardo Santos en defensa del franquismo.

En el plano político logró una gran figuración nacional por su elocuencia y su sapiencia como abogado, académico, humanista y orador en el Congreso. Fue crítico de los gobiernos de La República Liberal 1930-1946, especialmente de Alfonso López Pumarejo, críticas que plasmó en el libro ‘Alfonso López Pumarejo, semblanza de un político y análisis de un régimen’, en el cual realizó un balance de su gobierno y lo acusó de “empujar al conservatismo hacia a la antipatía de las clases obreras y hacerle perder el respaldo de parte del campesinado”. Valois Arce se desem-peñó como alcalde, juez, diputado del Chocó, gobernador del Chocó, pero no alcanzó a posesionarse por los sucesos del 9 de abril del 1948. Fue director de la Biblioteca Nacional, Agregado Cultural en la Embajada en Venezuela, representante a la Cámara y senador. Como escritor fue autor de varios libros: ‘Departamento del Chocó’, ‘José Antonio Galán’, ‘El Canal Atrato – Truandó’, ‘Itinerario Espiritual’, ‘Los Monjes, un mito trágico’, entre otros.

Tras el golpe militar al pre-sidente Laureano Gómez, el 13 de junio de 1953 por el General Gustavo Rojas Pinilla, y la posterior decisión de la Asamblea Nacional Constituyente, que él designó y que le otorgó legitimidad como Presidente para el período 1954-1958, se desataron olas de protestas que obligaron a Rojas Pinilla a renunciar el 10 de mayo de 1957. Su renuncia desató en el Congreso un juicio político entre 1958 y 1959 en su contra y fue cuando Daniel Valois Arce y Jesús Estrada Monsalve, asumen su defensa.

En ese juicio Valois Arce no solo deslumbró por la brillante defensa que hizo del General en el Congreso, una defensa que despertó elogios no solo por la profundidad y elocuencia de sus argumentos, sino por el acervo que demostró en el conocimiento del derecho penal en la dimensión universal del pensamiento filosófico en la cultura occidental. En conclusión: Daniel Valois Arce no solo se destacó como uno de los mejores abogados penalis-tas, sino como uno de los oradores más brillantes y cultos del país. En ese juicio quedó exaltado como uno de los abogados más emble-máticos y sobresalientes en los anales del derecho penal en la segunda mitad del siglo XX.

Arnoldo Palacios, el chocoano que sedujo al mundo con sus letras

Eso es cosa de brujos

“Algo raro le ha pasado a mi muchachito” –susurró Nena, la madre, parada junto a la cama de su hijo.

“¡Santos, levántese a comer o lo castigo!”, le ordenó enseguida Venancio, su padre,s asustado por lo que veía que por lo iracundo que pareciera su grito.

Pero no. Arnoldo de los Santos no se podía parar de la cama. El cuerpo, rebelde, no le respondía. Entonces, Cértegui, ese municipio chocoano de 342 kilómetros que en las mañanas parece un paraje fantasma porque sus habitantes salen temprano a trabajar en los yacimientos de platino y oro, se agitó y se conmovió ante la mala nueva.

Cayó la tarde y la casa del muchacho se llenó de hombres y mujeres descendientes de africanos y de oficio mineros que llegaban sudando de sus jornadas.  Fumaban. Hablaban. Y aunque el muchacho no había muerto, le daban el pésame a la madre. Es que algunos hasta lo veían con cara de angelito, de niño muerto.

“No se acobarde, doña”; “Dios le está guardando su puestecito a su hijo allá en el cielo”; “Para mí que le dio fiebre mala“;;“¡Que no! Fue fiebre perniciosa” ; “Tabardillo”; “Lo ojearon”. Condolencias y dictamines se escuchaban aquí y allá mientras curanderos de toda estirpe se asomaban al cuerpo del niñoArnoldo.

El muchacho no pudo volver a ser el mismo que corría, nadaba en el río, les tiraba piedras a marranos, a vacas, a gallinas.  Pero él y su familia lo intentaron todo para que volviera a caminar. Viajaron hasta donde el doctor Emilio Pampana, médico del hospital de la empresa norteamericana Compañía Minera Chocó-Pacífico, en Andagoya, Chocó. Decían que el que no se mejorara con ese médico mejor que comprara un ataúd. No se mejoró.

Del Baudó, donde había brujos negros y brujos indios, el curandero Amadeo Rodríguez le recetó para su parálisis manteca de lagarto. ”Si no camina con eso, no camina nunca”, le dijo. No caminó. También le recomendaron manteca de tigre. Esos ungüentos con los que le embalsamaban el cuerpo, hacían que el olor que se desprendía de su piel le fastidiara. “Huelo como a perro o a quien sabe a qué, pensaba Arnoldo.

A veces se me hacían los días largos, la noche corta; cuando no, las noches larguísimas y los días interminables. Mi papá y mi mamá, a menudo, hablaban y hablaban de Raspadura. ¿De qué dependería tanta demora?”. Se referían al Santuario del Santo Ecce Homo en el Plan de  Raspadura, en Istmina, Chocó, adonde iban ciegos y paralíticos que querían ser curados para siempre. El niño necesitaba de un milagro divino, mágico, para volver a caminar.

Las muletas, la libertad

La familia hizo el periplo, viajar hasta el Santuario del Santo Ecce Homo en el Plan de Raspadura. Sin embargo, eso de nada sirvió. Quizá el oro que llevaron como ofrenda no fue suficiente para que se hiciera el milagro. Arnoldo no caminó.

¿Qué era andar para mí? Yo me movilizaba en cuatro patas, gateando. Las rodillas me ardían, sangrantes, con el roce del cascajo, se me pelaba. Al hallarme bien, bien rendido, trataba de utilizar las piernas propiamente dichas, como un animal; el cuerpo se me cansaba rápido, precisamente la pierna derecha no me servía para nada. Sudaba, sudaba. No me dejaba sacar de combate, durante los paseos, en los alrededores. Nunca dije: estoy cansado, espérenme.

Sentía viva admiración hacia los otros. Soñaba metiéndome en el monte, restregándome en el fondo de la maraña con mi escopeta. Descubrir todo aquello de que hablaban los viejos, especialmente mi tía Carlota: ver pericos, oso hormiguero, oso caballuno, micos, tigres, tatabros, venados, guagua, guatín, leones, aves –pajuí, paletón, pavas, gallito antiguo, loras, papagayos, coger frutas como chanó, leche mil-peso, algarrobo, don pedrito; contemplar flores, bañarme en fuentes cristalinas, meterme bajo los chorros de los saltos; oír cantar los pajarillos; darme cuenta yo mismo de cómo rugen las fieras…

Yo me divertía solo, contemplando mi mundo: la iglesia, su veleta que daba vueltas con el viento; las mismas tres vacas flacuchentas que atravesaban la plazoleta sin gente; las casas, las puertas entornadas; el río claro; la luz del sol creando los dibujos que yo deseaba para identificarlos con las sombras de las cosas; los techos humeantes”.

Así era la vida del muchacho. No se cansaba de gatear para oler, probar, ver, tocar el mundo. Hasta que su padre le dio la solución a su eterno problema de no poder caminar: las muletas.

Aquella mañana cambió mi existencia de reptil. Ya no me arrastraré más. Y no fue posible que me mantuviera sentado. El mundo se me hizo aún más grande y se hinchó mi necesidad de andar. Esa tarde mi papá la consagró a fabricarme unas muletas, cada una compuesta por un solo palo, más dos piezas bien clavadas, una para la mano, otra con una cavidad cómoda aunque áspera, para soportar el cuerpo debajo del sobaco.

Y el muchacho Arnoldo salió con sus muletas del Chocó, llegó a Bogotá, a Cartagena, y partió para siempre a París en un barco de bandera polaca que se llamaba Jagellobuscando su madrededios, que es la expresión con la que en el Chocó se define al hombre que sale a encontrarse con su destino. Arnoldo Palacios, a pesar de la poliomielitis, esa enfermedad contagiosa también llamada parálisis infantil, se convirtió en escritor.  

Como el capitán de un barco

Ahora, a sus 85 años, está hablando porteléfono, en una casa en Bogotá. Habla de toda esa historia suya de niño, de su casa de pajacon paredes de palma en Cértegui, de las costumbres de su pueblo, de su enfermedad, de la familia. Esa historia que acabamos de contar en capsulas y que se leen completas en una novela suya que se llama ‘Buscando mi madrededios, próxima a publicarse.  

Toca así, en capsulas. El manuscrito de la novela tiene casi 700 páginas. Y decir que aún falta bastante porque esa historia no ha terminado. Buscando mi madrededios, cuenta Arnoldo, es una trilogía que da cuenta de su destino, completo. Ese primer volumen sólo narra su vida en Cértegui. Falta París. Y eso es como decir que le falta aún escribir toda una nueva vida.

¿Pero quién es Arnoldo Palacios? Hay que decir que nació en 1924 en el Chocó. Que, repito, es escritor. Que Las estrellas son negras, una de sus mejores obras según críticos y lectores de letras afro, la publicó en 1949. La anécdota con esa obra que narra el destino de Irra, el protagonista, un joven que  rompe las cadenas de su pueblo y su condición para salir al mundo y conquistarlo, es que la tuvo que escribir dos veces. El primer manuscrito lo perdió en un incendio del 9 de abril del 48.

Hay que decir que antes de todo esto vivió en Cértegui hasta los 15 años, que llegó a Quibdó a estudiar bachillerato en el colegio Carrasquilla, que un año más tarde estaba en el Externado Nacional Camilo Torres de Bogotápara seguir estudiando.

En agosto de 1949 partió a Cartagena para subirse al barco que lo llevaría a París, gracias a una beca que se ganó para adelantar estudios literarios durante tres años. Llegó el 21 de septiembre y se instaló “en una habitación de mansarda, de esas denominadas ‘cuarto de sirvienta’, bajo los techos de un edificio antiguo de París, situado entre el puente Mirabeau y el puente de Grenelle, desde donde nosotros descubríamos el Sena, sus embarcaciones y  los barcos de placer, la torre Eiffel, Montmartre, la animación general”, escribió en el prólogo de ‘Buscando mi madrededios.  

El mes anterior cumplió 60 años de estar viviendo en la tierra de Victor Hugo, donde sobrevive escribiendo y dando conferencias. “El que haya vivido en el Chocó, puede vivir en cualquier parte del mundo”, dice riéndose.

De Francia tiene una anécdota especial. Estuvo a punto de recibir a nada más ni nada menos que a Malcom X, ese gran defensor de los derechos de los afros en el mundo. Se salvó de tremendo compromiso. El gobierno de Francia no dejó entrar al país al activista. “Además yo esta sin papeles, ilegal”, contó en una entrevista – documental realizada por Darío Henao e Ethan Tejada, en la Universidad del Valle.

Hay que decir también que su nombre hace parte de esa generación de intelectuales como Manuel Zapata Olivella y Helcias MartánGongora que reivindicaron, desde las letras, el aporte al país de los africanos que llegaron a estas tierras como esclavos. Su literatura es de denuncia. Y él se hace responsable por lo que está escrito.

“Un escritor debe ser como el capitán de un barco que dirige a buen puerto a la humanidad”, dice. Tremenda tarea la que tiene en sus manos.

En su breve estancia en Colombia este año no le ha podido ir mejor. En agosto fue homenajeado por el Ministerio de Cultura y la Embajada Francesa. Ahora, será homenajeado en la XV Feria del Libro del Pacífico que arranca el próximo 16 de octubre por su aporte a la cultura del Pacífico. Y de remate ese primer tomo de Buscando mi madrededios que narra lo que es su vida en Cértegui, será publicado en el país gracias a gestiones de la Universidad del Valle y el Ministerio de Cultura(hay una versión publicada en francés). Y de su novela es de lo que quiere hablar por el teléfono, sentado en esa cada de Bogoá. Nada más. Es que quiero que la novela se lea”, explica.

Breve monólogo y despedida

Está en la línea. Habla. Buscando mi madrededios es la biografía de mi vida. Es una obra en la que me veo desde lejos para poder escribir mi propia vida, tal cual, sin meterle fantasía o demasiada piedad, o demasiada lastima. No. Es la historia de lo que soy yo, pero escrita por mi viéndome desde lejos, como si ese que veo fuera otra persona diferente”.

“Es un libro que empecé a escribir en octubre de 1974, en el Sur de Francia. Duré unos cuatro años escribiéndolo. Sólo se publica hasta ahora porque yo y el mismo libro hemos tenido muchas vicisitudes. Hay una traducción publicada en Francés, pero en castellano no se ha publicado nada hasta ahora. Ya está en la imprenta. Estará lista cuando inicie la Feria del Libro del Pacífico”.

“Después de esta publicación quiero continuar escribiendo la trilogía, incluir mi experiencia en Europa. La historia de un hombre del Chocó en este continente. Yo quiero dar una mirada humana e interesante de los europeos”.

“Mis ideas siempre promulgan la defensa del hombre, desde el más grande hasta el más humilde. Mis libros, mi literatura, exalta al hombre.

La literatura es un arte. El arte de la poesía, de la belleza. Siempre la literatura será grande.

Yo no me siento importante, así me hagan entrevistas como esta. Más que una entrevista, esta es una charla de amigos.

Vivo exclusivamente de mis libros.

Pienso mucho antes de escribir. Y cuando escribo, escribo definitivos. Yo no tengo borradores. Ese fue un consejo que leí del poeta francés Charles Baudelaire. Que se escriba como si fuera definitivo. Así se ahorra energía y hasta tiempo.

No escribo pensando en publicar. Escribo primero. Después ya veo a ver cómo publicar.

Escribo en las tardes, hasta la noche. Me gusta la noche porque hay calma, no hay interrupciones. Casi nunca me acuesto antes de las 5 de la mañana. Escribo a mano, con estilógrafos Parker (risas).

Mis temas son siempre sobre Colombia, sobre el Chocó.

“No creo en el sufrimiento. Que le digan a uno los sacerdotes que entre más uno sufra, mejor le va en la otra vida, es algo utópico. Que nos den algo acá bajo. Ya después allá arriba vemos”.

He dejado mis libros muy solos, hay que tratarlos como hijos.

“Ahora el sueño que tengo es que ‘Mi madrededios se lea’. El pueblo nuestro necesita tomar fuerza de su propia vida, e ir adelante. Tenemos que acabar con la guerra, que es como una plaga. Tenemos que despertar esa conciencia del país en función de todos los colombianos”.

En Cali empecé a escribir, antes de irme del país. Cali me alentó mucho. Tengo una prima mía que salió del Chocó y fue a buscar trabajo en Cali, se llama Flor de María y ella se vino antes y me recibió muy  bien.  Me conseguíapapel para escribir. Recuerdo un señor, Jaime Giraldo Solis, que me facilitó mucho su oficina, no lejos de la Plaza de Caycedo.

En Cali tengo muchos como el poeta Marco Fidel Chávez. Tengo un gran recuerdo de Cali. Cali es muy alegre, acogedora, agradable. Los atardeceres, la gente mirando y riéndose tranquila. Saludos a Cali. Pronto nos vamos a enfrentar allá en sus calles”.

Hace 34 años asesinaron a un maestro del periodismo: don Guillermo Cano

Infranqueable. De carácter indestructible. Recio. Amante de la palabra, del buen periodismo.  Gladiador de la verdad. Así era don Guillermo Cano Isaza, el director de El Espectador que el 17 de diciembre de 1986, hace ya 34 años, fue asesinado por ejercer su oficio a carta cabal, sin resquebrajamientos, sin miedos, sin tapujos. Ese fue su único “error”.

Don Guillermo, desde su columna Libreta de Apuntes, que se publicaba sagradamente en las ediciones dominicales de El Espectador, criticó y desnudó al narcotráfico con vehemencia, considerándolo como una de las desgracias más graves que padecía Colombia.

Y desde su periódico y sus columnas libró una batalla sin contemplaciones contra ese flagelo. ‘Emporio de cocaína, muerte y dólares’, titulaba El Espectador el 5 de diciembre de 1986, en un informe que desvestía la estructura, operaciones y delitos del cartel de Medellín. Días más tarde el informe especial titulaba: ‘De cómo se tomó el mercado norteamericano’, en donde se daba cuenta a la opinión pública de la manera en que los narcos, a la cabeza de Jorge Luis Ochoa, Pablo Escobar, Carlos Lehder, Gonzalo Rodríguez Gacha, entre otros, traficaron con droga en Estados Unidos.

Don Guillermo quizá firmó su sentencia de muerte el 25 de agosto de 1983, tres años antes de su muerte. Ese día El Espectador, en primera plana, titulaba: ‘En 1976 Pablo Escobar estuvo preso por drogas’. Según las crónicas de la época, la edición del periódico fue recogida en Medellín en pocas horas y se pagó cifras especiales por cada ejemplar.

Días después, el 6 de septiembre, se publicó la primera entrega de un trabajo titulado ‘Revelaciones sobre Pablo Escobar’. Allí se informaba de la existencia de un proceso penal por narcotráfico contra Escobar, en esos años congresista de la República, y Gustavo Gaviria, su primo. 17 días después se dictaba la orden de detención contra el narco. Don Guillermo estaba sentenciado.

Las amenazas de muerte, que le llegaban en telegramas, siempre las negó. Jamás quiso ser escoltado y su única arma, como diría el cronista Germán Santamaría, era su máquina de escribir.

La historia de su muerte ya se conoce. Ocurrió a las 7:15 de la noche, el 17 de diciembre de 1986, frente a las instalaciones de El Espectador. Iba en su camioneta Subaru, sobre la Avenida 68 con calle 22. Mientras hacía un giro en U para dirigirse al norte, a su casa, recibió ocho impactos de bala. Los sicarios que le segaron la vida se movilizaban en moto. El carro de don Guillermo se estrelló contra un poste situado en el andén oriental de la avenida. Ahí llegó la muerte. Al siguiente día, en medio de un país conmocionado, los medios se silenciaron. No circularon periódicos, la radio no se escuchó y la televisión no se vio. Dos días después El Espectador escribió: don Guillermo Cano, el único hombre en la historia que fue capaz, ayer, de hacer que los colombianos volvieran a escuchar el silencio…

 

Entre la verdad y la vida… la verdad

Gabriel García Márquez, uno de los buenos amigos de don Guillermo, escribió que lo que más le sorprendía del director de El Espectador era la rapidez con que reconocía la noticia.

“Una tarde, minutos antes de que el periódico entrara en las máquinas, se desplomó sobre la ciudad un aguacero torrencial como recuerdo muy pocos. La sensación de fracaso fue completa para quienes acabábamos de meter al horno nuestro pan de cada día. Nada había que hacer, salvo contemplar el agua por la ventana, hasta que Guillermo Cano se volvió a decirnos: “este aguacero es noticia”. Empezó a dar órdenes, mandó a los fotógrafos para la calle, encomendó a cada redactor una investigación relacionada con su especialidad. Al fin él mismo se sentó a la máquina, e hizo en una cuartilla simple una síntesis magistral del desastre de tres horas que acababa de ocurrir. Cuando escampó, a las seis de la tarde, la edición completa del aguacero había reemplazado a la del día, y salió al encuentro de los lectores empapados que aún no lograban regresar a sus casas en una ciudad desordenada por la tormenta”.

José Salgar, uno de los grandes periodistas de este país y subdirector de El Espectador en la década de los 80, recordó en su columna El Hombre de la Calle la obsesión que tenía don Guillermo, o don ‘Guiller’, como le decían en la redacción, por los títulos de las noticias publicadas en primera página. ‘Y ahora, ¡la naturaleza!’, tituló don Guillermo cuando sucedió la tragedia de Armero.’ Luna…Luna…Luna…’ tituló el día de la llegada del hombre al satélite de la tierra. ‘Holocausto en la Justicia’, cuando aconteció la toma al Palacio. Por eso, dice Salgar, cuando ocurrió su asesinato, y ya no estaba él para los grandes titulares, “no tuvimos otro remedio que publicar un titular obvio: ‘Asesinado el director de El Espectador’”.

Hernando Santos Castillo, otro de sus entrañables amigos, escribió que don Guillermo era “un director periodístico de hondo calado. Percibía la noticia con velocidad. Por sobre todo la interpretaba y la reflejaba en sus escritos, con un gran sentido político”. Y más atrás decía: “era un hombre introvertido, tímido, ajeno a los acontecimientos sociales y en el fondo, enemigo de todo protocolo”.

En las crónicas que se publicaron después de su asesinato sus demás compañeros, como Carlos Murcia, lo recordaban, por ejemplo, por ser “un comprador irreductible de lotería”, la misma que le compraba a ‘Mala Suerte’, un lotero de 79 años llamado Santiago Aguilar. También se recordaba su trato paternal con los empleados del diario, su amor eterno por Santa Fe, y las ‘peleas’ con Ernesto Muñoz Neira, diseñador e hincha de Millonarios, a quien don Guillermo acusaba de darle más espacio y titulares más grandes al ballet azul que a su equipo del alma.

Tal vez la definición más certera y concreta sobre don Guillermo la escribió María Jimena Duzan en su tribuna en El Espectador, Mi Hora Cero. Escribió María Jimena que, entre la verdad y la vida, don ‘Guiller’ siempre escogió la verdad. “Así era él, de una pieza”. Y recuerda la sentencia y la lección que les dejó a quienes tuvieron el privilegio de trabajar a su lado: una vida de espaldas a la verdad no vale la pena.

Para quienes apenas empiezan a caminar por el mundo del periodismo la lección que dejó don Guillermo es la misma. Solo que no está él para decirla. Sin embargo, en sus Libretas de Apuntes, hoy amarillas por el paso del tiempo en las hemerotecas, su sentencia aún palpita. Una vida de espaldas a la verdad no vale la pena. Paz en su tumba.

Recuerdos de una leyenda del Pacífico: Delio ‘Maravilla’ Gamboa

Delio ‘Maravilla’ Gamboa nació en Buenaventura el 28 de enero de 1936, y desde muy joven comenzó a brillar en el fútbol. Con apenas  19 años fue convocado a la selección Valle, con la que salió campeón nacional departamental en 1956, en un equipo famoso por una sociedad llamada la  ‘llave negra’: una tripleta de talentos conformada por Delio,  Marino Klinger y Alberto ‘Cóndor’ Valencia. Aquel equipo  llegó a tener fama en todo el país, al punto de que esa Selección Valle sigue siendo la más recordada en los torneos departamentales. De hecho el equipo alguna vez enfrentó al encopetado River Plate de Argentina donde jugaba Omar Sívori, uno de los mejores jugadores argentinos de toda la historia.  Empataron a un tanto en el estadio Pascual Guerrero.

Luego de consagrarse con la Selección del Valle del Cauca, Delio ‘Maravilla’ Gamboa intentó hacerse profesional jugando para el América de Cali, pero por un mal entendido no logró ingresar al club. Entonces hizo su debut como profesional en 1957 por el Atlético Nacional y luego, en 1958, pasó por el entonces llamado Independiente Nacional.

En 1959, ‘Maravilla’ Gamboa fue transferido al equipo Oro de México, ‘Mulos’, por recomendación de Efraín ‘Caiman’ Sánchez. En México Delio fue reconocido como el jugador extranjero más valioso de la liga mexicana en 1959 y 1960. Fueron los únicos años en que jugó en el extranjero. En 1961 regresó a Colombia para jugar en Millonarios, con el cual salió tetracampeón consecutivo del Fútbol Profesional Colombiano en 1961, 1962, 1963 y 1964. Además ganó la Copa Colombia de 1963.

En 1966 pasó a jugar al rival clásico bogotano de Millonarios, el Independiente Santa Fe, con el cual salió campeón en 1966 haciendo dupla con Alfonso Cañón. Luego, en 1968, Delio fue fichado por el Once Caldas.

En 1971 pasó al Deportes Tolima y en 1973 regresó para ser subcampeón con Millonarios. Igualmente llegó dos veces a la Semifinal de la Copa Libertadores (1973-74) terminando como el tercer mejor equipo de América.

El retiro se dio pronto. El 7 de abril de 1974 se organizó  su despedida  con un doblete entre la Selección del Valle del Cauca y una Selección de extranjeros del Fútbol Profesional Colombiano y de fondo el juego entre Atlético Nacional y Millonarios. El primero, el equipo en que debutó, y el segundo, el equipo en que se consagró y se retiró. El juego terminó con triunfo de Millonarios por 3-0.

Delio ‘Maravilla’ Gamboa tuvo el honor de disputar con la Selección Colombia la Copa del Mundo de Chile 1962, la primera participación colombiana en un Mundial de Fútbol. Fue el más destacado del equipo tricolor en ese Mundial.

En 2002 el canal regional Telepacífico realizó un documental sobre su vida dirigido por Juan Carlos Díaz Giraldo titulado ‘Que Maravilla de Viaje’, donde se muestra el origen del fútbol aficionado en Buenaventura en las décadas de los años 30, 40 y 50, escenario donde Delio heredó el apodo que lo acompañara toda su vida. Se dice que todo empezó por otro hermano suyo, también futbolista, que le pegaba durísimo al balón y en cualquier charla callejera se refería a todo como: “Qué maravilla esto”, “Qué maravilla aquello”, de modo que Delio, que era el menor, recibió este nuevo bautizo para la posteridad por herencia familiar.

‘Maravilla’ Gamboa es sin duda uno de los mejores jugadores colombianos de todos los tiempos y uno de los primeros en brillar en el exterior.

Después de  su retiro trabajó muchísimos años como profesor de Educación Física en distintos colegios de Bogotá. Al ver que ganaba la mayoría de títulos que disputaba en torneos intercolegiales y tras la salida del eterno Jaime ‘El Loco’ Arroyave en 1989, las directivas de Millonarios decidieron que fuera el indicado para la formación de los jugadores azules. Durante 20 años estuvo en el cargo junto a su esposa Zenaida Fajardo de Gamboa, que era la encargada de la casa hogar del club.

Tras el fallecimiento de su esposa, Delio se iría a vivir con su hijo menor a la ciudad de Cali, donde falleció el 23 de agosto de 2018 en el barrio Calima debido a los quebrantos de salud propios de quien andaba por los 82 años. Descanso eterno para un crack maravilloso.

Datos

  • Con la Selección Colombia debutó en el encuentro frente a Uruguay por las Eliminatorias a la Copa del Mundo de Suecia 1958, donde ‘Maravilla’ le dio el triunfo a los cafeteros. También disputó las Eliminatorias a la Copa del Mundo de Chile 1962.
  • Con Colombia jugó 24 partidos y marcó 7 goles.
  • Distinciones individuales.
  • Mejor jugador de la temporada 1959-1960 de la liga Mexicana cuando militaba con el CD Oro.

 

Lloyd Austin, el primer afro que dirigiría el Pentágono

Joe Biden, el presidente electo de los Estados Unidos, nombró al general retirado del ejército Lloyd Austin como Secretario de Defensa. Si el Senado confirma el nombramiento, Austin se convertirá en el primer afroestadounidense en dirigir el Pentágono.

Como lo reportan los medios estadounidenses, Austin nació en 1953 en Alabama y fue criado en Georgia. Se graduó de la Academia Militar de West Point en 1975 y en 40 años ascendió en el escalafón militar, primero como comandante de una compañía de apoyo al combate en la legendaria División 82 Aerotransportada, con sede en Fort Bragg, Carolina del Norte, y después al rango de teniente general.

Posteriormente, en 2010, se convirtió en el comandante de las tropas estadounidenses en Irak, donde supervisó el final de la incursión encabezada por Estados Unidos y la posterior retirada de todas las tropas.

Austin también fue el primer oficial afroestadounidense en servir como subjefe del Ejército en 2012 y en encabezar el Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM), que cubre las operaciones en Irak, Afganistán, el Medio Oriente y el sur de Asia. Hasta que se retiró en marzo de 2016.

“A lo largo de su vida de servicio dedicado, y en las muchas horas que pasamos juntos en la Sala de Crisis de la Casa Blanca y con nuestras tropas en el extranjero, el general Austin ha demostrado un liderazgo, personalidad y mando ejemplares”, dijo el presidente Joe Biden en un comunicado, tras anunciar su nombramiento.

“Está excepcionalmente calificado para asumir los desafíos y las crisis que enfrentamos actualmente. Una personalidad brillante y respetada, figura pionera en la historia del Ejército de Estados Unidos, el secretario designado Austin se retiró del ejército en 2016 después de más de 40 años de servicio en la defensa de Estados Unidos”, agregó el Presidente en un comunicado.

En todo caso el nombramiento de Austin aún no está en firme, debido a que algunos miembros del Congreso y expertos en seguridad nacional se han pronunciado en contra, señalando que su jubilación ocurrió hace menos de 7 años. El reglamento del Congreso estadounidense determina que un exmilitar debe haber pasado retirado más de 7 años para convertirse en Secretario de Defensa. Sin embargo, hay alternativas jurídicas para que pueda acceder al cargo. En los próximas días se debe tomar una decisión definitiva.