Incertidumbres de una ciudad atrapada en la pobreza

A un grupo de estudiantes de la universidad les pedí que escribieran una palabra con la que creyeran, se identificaba la realidad de Buenaventura. De los 45 jóvenes entre los 17 y 22 años que hicieron el ejercicio, fueron brotando palabras muy dicientes y cargadas de sentido: ‘terror’, ‘conflicto’, ‘crítica’, entre otras.

Llama la atención que estando cada uno desde su casa, hubo tres palabras que empezaron a repetirse una y otra vez. ‘Violencia’, ‘inseguridad’ y ‘preocupación’. Los tres términos coincidentes describen la realidad actual del Distrito. Los jóvenes además tuvieron otros términos que reflejaban el dolor de ver pasar sus días sumergidos en una tristeza que los conduce al desinterés en torno a su visión de futuro. Según la Revista Semana, en nuestro territorio se dieron 33 combates urbanos en 33 días del año 2021. Esto arrojó 22 asesinatos en el mes de enero (Indepaz).

Según cifras de la Defensoría Regional del Pueblo, 170.500 personas están en riesgo. Además, más de 200 desplazadas, sin contar con el desplazamiento intraurbano que lleva a que las personas pernocten en casas de amigos o familiares y vuelvan a sus hogares al día siguiente. Las respuestas de los 45 jóvenes de la muestra selec-cionada es más que lógica. No se observa un futuro inmediato libre de los oscuros intereses, que son las corrientes profundas que mueven todo este bazar de violencia y deshumanización que acompaña los actos de barbarie propios de culturas primigenias. Se asiste a un teatro lleno de complejidades que muestra lo peor de la raza humana, en el escenario diario de una ciudad acostumbrada a la alegría y a sobreponerse hasta de sus verdugos más ladinos: los corruptos que se llevan los recursos que mejorarían la vida de tantas personas sumidas en la miseria.

No queda más que rezar y pedir a los orishas que escuchen el clamor de un pueblo que cada tanto se levanta en un grito contra sus verdugos exigiendo el principal derecho de un ser humano: el derecho a que se le respete la vida. ¿Pero qué podemos hacer frente a esta realidad? Indudablemente, mucho tiene que decir la crianza de los hijos que ha hecho que en muchos hogares se desdeñen los valores como la honestidad, la templanza y el respeto por los demás. Pero no es menos cierto que se requieren normas más fuertes para atender la corrupción, que condena a pueblos enteros a un futuro de precariedad. En pleno siglo XXI, no podemos normalizar que en ciertos lugares de Buenaventura se viva en peores condiciones que en algunas aldeas de África. Allí surgen los lobos solitarios que luego van a empuñar el arma contra todos.

Reflexiones de fin de año

Por Armando Arboleda

El año que se despide dejó grandes enseñanzas a la humanidad. La época moderna no había vivido un paro repentino en las formas de vivir. Los científicos habían dado algunas alertas sobre la posibilidad de que viviéramos una pandemia, pero estábamos seguros de que solo eran argumentos derivados de películas donde la vida está en riesgo y aparece un héroe solitario (norteamericano) y salva la Tierra.
Esta vez, ese paladín de la justicia no apareció. Nos estamos enfrentando a una lucha solitaria para protegernos de un enemigo que no se ve y es letal: el coronavirus.
Para el DANE, “la primera defunción en Colombia por Covid-19 sospechoso se registró el 15 de febrero, mientras que la primera persona confirmada por esta enfermedad fue el 26 de febrero”.
No es un problema de registros oficiales, lo que se observa aquí es la rapidez como se propaga este flagelo que no distingue etnias, clase social, ni contexto. Es importante también revisar cómo desde la fecha oficial de reporte de la enfermedad en el país, las estadísticas muestran que, a fecha de diciembre 4, han fallecido 37.305 personas, es decir más de tres mil personas mueren al mes debido al covid.
Y no es que las otras enfermedades, patologías, accidentes, homicidios, hayan desaparecido. La realidad muestra un panorama desolador, es como si estuviéramos en un bombardeo y no nos hubiéramos dado cuenta.
Pero este 2020 no para de sorprendernos. Es así como tenemos inundaciones en el Chocó, incendios, y los que se alcanzan a salvar, se convierten en víctimas de los grupos armados y de los noticieros que van al territorio a sembrar apologías sobre lo que el Estado promete y cuando pasa la noticia, no cumple.
En ese sentido, cuando creíamos que habíamos visto todo y que nos alistábamos para entrar en la etapa final del año, pensando en la natilla más triste, en la Navidad en medio de la pandemia, con alumbrados navideños deslumbrantes en medio de una población sumida en la pobreza, aparece el huracán Iota que arrasó Providencia.
¿Entonces qué nos queda por celebrar? La vida sobre la muerte, disfrutar de nuestros familiares y amigos. Saber que vamos a seguir en esta película que ni el más laureado de los directores de Hollywood pudo imaginar. Acatar las recomendaciones, actuar como si estuviéramos contagiados; de esa manera protegemos a los demás. No olvidemos prender las velas. Quizá esa luz espante el egoísmo y la falta de solidaridad que nos está caracterizando.

Corrupción y educación en tiempos de pandemia

Por Armando Arboleda

Lo peor de la pandemia no son las diferencias que ha destapado.  Es cómo se ha venido actuando. Se ha tomado como un punto de partida la administración pública y fue la que primero mostró su nefasto accionar. Así, volvieron ‘fiesta’ los recursos que el gobierno mandó para enfrentar al coronavirus.

El punto de partida, o al menos el que se escogió para escarmentar no podía ser otro que -casualmente- el Chocó. Tradicionalmente sus recursos han sido expoliados por los administradores de turno. Por eso se les ocurrió dictar las capacitaciones más costosas de la historia, mientras que los hospitales del departamento no tenían ni aspirinas para enfrentar al Covid-19. Y eso se tornó en la oportunidad una vez más para señalar una región llena del olvido que seremos, como lo plantea Abad Faciolince.

También observamos cómo en otras entidades territoriales se está proveyendo a las comunidades de productos extremadamente finos y tan exquisitos que un atún, que en cualquier supermercado no supera los $5 mil, pasó a costarnos a los contribuyentes $20 mil.

Aunque usted no lo crea, solo con el incremento del costo de ese producto se pueden pagar favores políticos y enriquecer a unas personas que tienen todo, menos calidad humana para comprender la situación de los ciudadanos del común.

Pero lo más extraño es que con la celeridad como se hizo el proceso por parte de los órganos de control en el Chocó, ha sido pasmosa la lentitud con los otros entes territoriales donde se presume ocurrió lo mismo.

Otro sector que ha venido mostrando sus peores formas de accionar y entender la pandemia ha sido la educación.

¿O es que es muy bueno asignar trabajos, actividades y talleres a una mayoría de estudiantes del sector oficial, cuyas familias viven por debajo del indicador de pobreza con guías educativas que no siempre son eso, sino manifiestos de contenidos desconectados de la realidad? El caso de los niños que se suben a un árbol a buscar señal para bajar documentos que un profesor envía desde la comodidad de su sala, no es más que la evidencia de un país perdido en su proyecto de futuro.

Aunque lo tapen con palabrerías como ‘educación en casa’,  ‘asistida’, ‘virtual’, la verdad es que no había ni hay  la preparación tecnológica ni humana en la escuela para pensar que se pueden garantizar aprendizajes mediados por tecnologías, cuando la mayoría de los docentes y directivos andan perdidos en los vericuetos de las plataformas.

PD. Lamentamos la partida inesperada de nuestro amigo y entrañable columnista Eduardo Stanford. Paz en su tumba.

Clamor por las reglas sociales

 Por Armando Arboleda

Debe ser fácil cumplir las normas en sociedades civilizadas. Lo contrario puede ser la entropía que subyace en los sistemas. No obstante, uno puede preguntarse cómo convivir entre seres humanos sin los mínimos de respeto por pautas de comportamiento.

En todo esto, emergen dudas comprensivas. Se interroga a la familia, a la sociedad, al Estado y a la escuela. Esta última es blanco de los ataques en torno a la exigencia de recomposición del tejido social. Las dos primeras, salvo contadas excepciones, juegan un papel cómplice en la educación del ciudadano. Es así como de manera constante este se ve bombardeado por enseñanzas que no ayudan en la consolidación de una persona acorde con las expectativas sociales.

De esta forma, lo que parece simple falla de patrones de crianza, para el caso de la familia, se torna en detonante de actitudes nocivas en el escenario de la comunidad. Así mismo, lo que se presenta como una falencia al interior de la sociedad, viene a ser un marco de comportamiento bochornoso generalizado por personas que se otorgan licencia para hacer lo que les parezca en detrimento del conjunto de la comunidad.

Es indudable entonces que el respeto, la adquisición de las normas y pautas de buen comportamiento, es un trabajo que se debe iniciar y terminar en la familia. Este lugar sagrado no puede convertirse en el espacio del relativismo normativo donde nada importa y donde el individuo obtiene  franquicias para ir repartiendo su mala educación por el mundo. El clamor de García Márquez, por una educación desde la cuna hasta la tumba, implica otorgar a la familia las herramientas para conducir de buena manera a sus integrantes.

Se preguntará el lector por el papel de la escuela. Pues bien, en reiteradas ocasiones he escrito que a esta le atañe un papel determinante en la formación del individuo. Pero pretender que ella recomponga los desaciertos de la familia,  es como pedirle al árbitro que enseñe las reglas a profesionales en pleno partido.

El matrimonio familia-escuela solo tiene sentido cuando las partes tienen definido de manera clara su rol.

En suma,  si lo anterior no se logra, se persiste en traer y dar al mundo personas para que la sociedad de cualquier manera los forme. Los resultados de manera inequívoca son los que estamos viendo. Una humanidad desquebrajada al vaivén de sujetos que pisotean los cimientos de sociedades que se presumen civilizadas.

El Silencio de los Inocentes

Algo debe andar muy mal para que en nuestra sociedad se relativicen los principios éticos. Las noticias que llegan de los estamentos más representativos del país llenan de ira y desesperanza a cualquier colombiano. Es como si viviéramos en la cueva de Alí Baba y sus cuarenta ladrones.

Uno termina pensando, de manera lógica, que la justicia en nuestro país solo aplica para aquellos que no tienen cómo defenderse o cómo planteaba Kafka, los que deben prosternarse (arrodillarse) ante la ley.

Un caso que llama la atención es el del excongresista Musa Besaile, quien sostiene públicamente que los expresidentes de la Corte Suprema de Justicia, Leónidas Bustos y Francisco Ricaurte, de alguna manera lo extorsionaron con la premisa de no generar una orden de captura en su contra.

En una sociedad distinta lo anterior hubiera generado un escándalo y se socavaría la institucionalidad en procura de la verdad y llevar a los culpables tras las rejas. Contrario a eso, en ‘Locombia’, los medios atosigan a los pobladores con la venida del Papa, los partidos de la Selección Colombia y la lesión de James Rodríguez.

Lo preocupante es que los actos de degradación en todos los niveles terminan por desaparecer los recursos que los colombianos tributamos. Así, los hechos de corrupción y las pocas condenas que se profieren otorgan a los infractores prebendas que van desde lujosos sitios de reclusión hasta goce infinito del dinero hurtado al finalizar los exiguos tiempos de privación de la libertad.

En todo caso, de alguna manera nos hemos acostumbrado a convivir con el delito. La ética elemental del respeto por los recursos públicos que se suponen son para el bienestar de toda la comunidad ha desaparecido hasta de los planes de estudio. Y cuando se enseña en los planteles educativos y centros de educación superior, se hace carente de sentido y significado, por lo que los estudiantes asumen que solo se trata de materia relleno para completar la carga de algún docente.

¿Qué necesitamos para cambiar las prácticas corruptas en procura de alcanzar todo con el menor esfuerzo? ¿Por qué persistimos en creer que los demás son los bobos y nosotros los vivos de la película? Debemos volver a los valores primarios: el respeto por los demás, la honradez como aspecto primordial, la justicia como regla moral y saber que los recursos nos pertenecen a todos y por lo tanto, hay que cuidarlos.

Por Armando Arboleda